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Tomé y Barrio Explanada

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omé con su vista frente al mar, llena de parajes e interminables historias, se ubica en la ribera noreste de la Bahía de Concepción, Región del Biobío y está situada a sólo 32 km de Concepción.

Su nombre proviene del cacique Lel Thome, que según Alonso de Ercilla en su poema La Araucana, este fue un respetado líder mapuche, otros escritos dicen que la palabra Tomé, viene del nombre de una planta llamada “tromen” que en mapudungun significa “totora”.

Los principales sectores costeros de la comuna son Tomé, Cocholgüe, Dichato, Purema, Burca, Montecristo, Coliumo, Los Bagres, Quichiuto y Villarrica.

Según cuenta su historia los primeros europeos en divisar la bahía de Concepción, donde se ubica Tomé, fue la expedición de Juan Bautista Pastene en el año 1544, en ese entonces vivían pequeñas comunidades mapuches, específicamente lafquenches, los cuales se dedicaban a la caza, la pesca, recolección de mariscos y en menor cantidad a la agricultura.

La frutilla

En 1711, el ingeniero y teniente coronel francés Amadeo Frezier, zarpó rumbo a Chile con la misión de hacer mapas más precisos de los puertos y fortificaciones Españolas que había en la costa de Chile y Perú.

En paralelo a su trabajo hizo interesantes observaciones de la flora y fauna que encontró durante su viaje, una de las que llamó la atención del francés en esta localidad, fue la “Frutilla” (Fragaria chiliensis) en mapuche quellghen.

A diferencia de otras frutillas silvestres, las frutillas quellghen eran de color blanco o rosado pálido. Sin embargo, no fue el color lo que sorprendió a Frézier, sino que su tamaño: eran mucho más grandes que las frutillas conocidas en Europa.

Frezier, en su retorno a Europa se llevó cinco plantas de quellghen, la cual fue cruzada con otra especie europea llamada Fragaria Virginiana.

Las frutillas de ese cruce eran grandes, rojas y de buen sabor y recibieron el nombre de Fresas, que deriva del apellido de Frezier.

A partir de 1842, comienza una revolución económica, ya que en Tomé comienzan a establecerse molinos de trigos, por esto la ciudad pasó a ser un puerto de salida, llegando a exportar el 90,95% de la producción nacional. Además se producía vino en Coelemu, Rafael, Guarilihue y Ránquil.

Tras la fiebre del oro en California (EE.UU), se da inicio a las actividades industriales, con la instalación de molinos y bodegas. En 1858 el Congreso Nacional declaró a Tomé como Puerto Mayor, el cual potencia el desarrollo urbano, comercial e industrial de la zona.

Con el aumento de las exportaciones a California, porque cabe destacar que esta carece de agricultura, por lo tanto, Chile se encargará de proveerla. Para esto fue necesario construir el muelle Bellavista, el cual tenía su propio dueño, mas tarde se logra edificar uno de uso público.

Durante la guerra de Chile y España en 1866, fragatas españolas bombardean el puerto de Tomé, provocando así el fin en la industria molinera. El Historiador Rolando Saavedra mencionó, “hay una decadencia en la producción del trigo, debido a la competencia de Australia con Nueva Zelanda, que mejoran sus mercados dejando relegado a nuestro país y por otro lado la sobreexplotación de los terrenos lleva a que el rendimiento sea menor”.

Ante la descenso de la comercialización del trigo, llega una nueva oportunidad de negocios a la ciudad de Tomé, la Industria textil.

En 1865, se funda la Fábrica de Paños Bellavista por Guillermo Gibson Délano Fergunson, el cual invirtió el dinero de la venta de harina a EEUU para adquirir 25 telares.

Fábrica de Paños Bellavista

Este fue el inicio de una época de prosperidad en el área textil, lo que haría surgir a Tomé y sus alrededores, con las fábricas textiles Paños Bellavista, Sociedad de Paños Oveja y Fábrica Ítalo Americana de Paños.

En 1885 el gobierno de Domingo Santa María concede el título de ciudad a la villa de Tomé, nombrándola cabecera del Departamento de Coelemu. Muchas personas entregaron años de servicio a las empresas textiles en la comuna de Tomé.

En el año 1912 una importante conexión se empezaría a gestar, comienza la construcción del ferrocarril que uniría Concepción- Tomé- Chillán, el cual fue inaugurado en 1916. También son fundados los túneles de Punta de Parra, Frutillares y Pingueral.






La Explanada

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ás conocida por los habitantes de Tomé como la “Planá”, según el Historiador Rolando Saavedra, “Explanada es un superficie plana extensa, un lugar amplio. Y ese concepto borró el nombre original de este sector que se llamaba Guanehue”. “La Explanada llegaba mas o menos al sector del teatro Tomé, en este lugar se han hecho excavaciones para alcantarillado y se han encontrado con sedimentos marinos”.

El nombre Guanehue proviene del Mapudungún que tiene dos connotaciones “Lugar de guanos” y “tomar primer asiento”.

El sector Explanada en ese entonces tiene un comercio informal, ya que los pescadores o sus mujeres salían con canastos a vender directamente sus productos marinos, casa por casa. Después del terremoto de 1939, se comienzan a establecer locales comerciales.

En los “años 60”, aun se usaba esta modalidad, que con el tiempo cambió, por lo tanto el cliente iba a comprar directamente a la Explanada.

El antiguo muelle (muelle fiscal) tuvo un fuerte tránsito en la época de las vitivinícolas, con los años quedó en desuso, pero no fue desarmado y se utilizó como una “rústica bentoteca”. Este era muy visitada por trabajadores y era un lugar de encuentros y a la vez muy concurrido, “con mis colegas teníamos la costumbre de pasar a almorzar los días de pago a la Explanada, pedíamos un mariscal frío para cinco o seis personas y todos comíamos de una sola fuente grande, contó Saavedra.

Con el transcurso del tiempo “un temporal destruyó completamente el muelle y en la entrada se instalaron muchos locatarios, los pescadores formaron una agrupación, y esa fue la primera explanada legalizada con permiso municipal, luz, agua potable”, señaló René Inostroza , locatario de La Explanada.

Hoy el Barrio Comercial Explanada de Tomé, con más de 30 años en el lugar en el que se establecieron definitivamente, los locatarios de este sector, fruto de su esfuerzo han logrado consolidarse en el área comercial, gastronómico y cultural.

Durante el año 2015 el “Barrio Comercial Explanada” a sido beneficiado con el programa “Barrios Comerciales”, el cual es una asociatividad con Sercotec. Permitiendo un desarrollo en diversas áreas, para así transformar este barrio característico, en un sector pujante hacia el futuro.

Una de las características que se repite en los emprendedores del sector, es el esfuerzo y el trabajo, pues son los común denominadores de la historia del Barrio Comercial Explanada, ahora en conjunto y con el apoyo de Sercotec, está la oportunidad de dar un impulso cualitativo en asociatividad y generación de redes que permitan el desarrollo comercial, urbano y turístico del sector con una mirada de futuro haciendo parte a toda la sociedad y a todos sus posibles clientes. Invitamos a conocer este tradicional Barrio Comercial a sólo metros del centro de Tomé, donde podrá degustar de las exquisiteces del mar y empaparse de la historia cultural de la Explanada.






Explanada Tomecina

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e verdad que me gustaría saber algunas cosas, por ejemplo: ¿Quién fue el ocurrente que en esta arena virgen puso la primera cosecha marinera a disposición del paladar?

¿Qué mujeres trajeron limones generosos, tiernos perejiles, cebollas diamantinas y ajíes de roja picardía, para bautizar sin templo, a este lugar como “la planá”.

Tras mostradores de madera enlatada o cemento inamovible, las mujeres “planaderas” empuñan cuchillos cirujanos y grises manteles, estrujados por manos gordas de trabajo y rosadas de humedad. Al mismo tiempo vociferan el orgullo de la fresca y reluciente mercancía. Cholguas sorprendidas gritan sin sonido. Jureles moribundos liberan estertores de protesta inclaudicable. Después de los sagrados regateos e indisimulados olisqueos, clientes y caseras se van por calles y escaleras, liberando lágrimas oceánicas de algas, peces y mariscos.

Allá en los cerros, el valle y los campos esperan cobrizas pailas de gitanos laboriosos, sartenes de latón por tres generaciones, ollas enlozadas con sus saltaduras y hornos de diferentes apellidos.

Pero, no vayamos tan rápido, miremos con ojos de Neptuno o de Pincoya los puestos rebosantes de merluzas fritangueras, jureles populares y siúticos lenguados. Por allí, lloran apancutrados ultes, luches nostálgicos de hojas de pangue y morenos cochayuyos para el festín con papas.

Más allá, nos esperan elegantes cojinovas, aristócratas reinetas, avergonzados congrios e infantiles pejerreyes. Con picardía, el casero preferido ofreces lujuriosos picorocos, piures enyodados, erizos despeinados, langostinos entumidos y locos sin refugio, licenciados de la veda.

Frente a todo, rieles ferroviarios decorados con sales del olvido, ellos son la frontera sin aduana. Hierros paralelos separan la explanada generosa del puerto a la esperanza. Los muelles son puentes inconclusos que sueñan alcanzar la Isla Quiriquina.

En canastos ignorantes de vendimias, llegan desde la “Pancorera”, reinas coloradas, acompañadas de piñangas, remadoras, peludas, tontas y patudas, que constituyen su corte de honor de frescos abolengos.

Todo separado y clasificado, ninguna especie irrumpe en el establecido territorio de los mostradores y veredas. De esta plaza marinera he aprendido muchas cosas, lo único que no he podido averiguar es quién redactó el decreto que a diario firman las olas en la arena, y que establece que cada sarta debe ser de cuatro machas, más la cucharada de ají con cilantro de regalo.

Traspiran pailas gitaneras en el fuego de las cocinerías, transformando el batido de harina y huevo en el más sabroso enchapado de oro que decora humildes merluzas o pescadas, que serán acompañadas por humeantes papas al vapor y deliciosas ensaladas de finos cortes de repollo o perfectos medallones de tomates rojiverdes. Una paila vecina libera el aroma de jugosas empanadas de marisco; hay que comerlas con cautela para no pagar tintorería.

Pailas de greda, de bocas amplias y morenas, saborean el mariscal reconfortante, garantizado para recuperar fortalezas perdidas en noches de jarana, asegurar la permanencia de la especie o cumplir obligaciones amorosas sin temor al desprestigio.

Y para bendecir el paladar y ayudar la digestión, nada mejor que un legítimo “té blanco de uva”, servido en taza con platillo para despistar la autoridad…

¡Salud, por “la planá!

– Román Villeg

Del libro: Viento de Nostalgia. Leyendas y Miradas Tomecinas. 1999 Ediciones Perpelén

romanvilleg.blogspot.com






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